Viaje en bicicleta al coño del mundo

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En esta ocasión nos disponemos a realizar una ruta cuyo nombre no tiene desperdicio Viaje al Coño del Mundo. ¿Os ha llamado la atención? Pues no dejéis de leer.

Llegamos poco más tarde de las 9:00 a Boltaña (Huesca). Últimos ajustes, engrases, ver que llevamos todo lo necesario para la ruta y nos ponemos en marcha.

zona zero, ruta

Empezamos por la carretera dirección a Ainsa. Piensas, ¡bien!, un poco de llano para ir calentando, pero esto cambiará radicalmente en torno a los dos kilómetros y medio. Pero no adelantemos acontecimientos. Tras salir del asfalto, de repente nos encontramos pedaleando por el interior del cauce de un río, que el tiempo ha excavado literalmente en la roca.

Entorno espectacular y nunca visto y una sensación de ir pedaleando por otro planeta. Al salir del cauce, empezamos a subir por un camino con mucha piedra y pendiente obligándonos, varias veces, a poner  pie a tierra, tanto por la inclinación, como por lo resbaladizo del terreno debido a las lluvias de los días anteriores. Cada vez el camino se va cerrando más, hasta que nos adentramos  en una angosta senda en la que, a veces, cuesta entrar debido al ancho del manillar. El trayecto ya nos empieza a regalar unas imágenes realmente bonitas de la zona.

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Cuando llevamos ya 200 m de desnivel y casi 6 km comienza una pequeña bajada que, aparentemente, no entrañaba dificultad, pero que en un par de pasos hacen que tengamos algún susto e incluso un aterrizaje forzoso. Así que decidimos enfundarnos las protecciones.

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Tras unos 500 m de bajada salimos a una pista, que nos llevará hasta el punto más alto de la ruta. Nos quedaban por delante 5 km de subida constante con un desnivel considerable. En lo alto de la montaña se empieza a divisar la torre de lo que parece ser el antiguo campanario de una iglesia.

No paramos ni para fotografiar las vistas. Según nos vamos acercando al final de la subida, esta se va endureciendo cada vez más. En la parte final, el estado del deteriorado camino nos pone de nuevo a prueba, pero tras este último esfuerzo llegamos a Morcat que, como ya nos habían comentado, estaba abandonado. “Sitio mágico” decían las crónicas y efectivamente lo es, sobre todo cuando está tan solitario como esa mañana.

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El pueblo fue abandonado en 1970 e invitaba a darse un paseo por sus hoy inexistentes calles. Inspeccionamos las casas ya sin tejados…y la iglesia que es la que mejor aguanta el paso del tiempo.  Hay algunas casas con el tejado rehabilitado que sirven de refugio al ganado. El sitio es impresionante y nos ofrece unas vistas verdaderamente bonitas de los picos más altos de los Pirineos.

Habíamos llegado casi a la mitad de la ruta, tras 12 km de duro ascenso y era el momento de realizar una parada y recuperar fuerzas para posteriormente afrontar la primera bajada.

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Ya con las fuerzas recuperadas decidimos encarar la bajada para ir hasta el lugar que da nombre a esta ruta.

No tenemos ni idea de lo que nos espera, por lo que preferimos no correr riesgos e ir asegurando. Nos encontramos con una bajada con bastante inclinación, piedras y curvas tan cerradas que casi nos es imposible tomarlas sin poner el pie en el suelo. Cruzamos un río y atacamos una corta y dura subida desde la que empezamos a divisar lo que parecen ser pozas naturales, que destacan en el entorno por el intenso color turquesa del agua.

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recomienda dejar la bici en ese punto y proseguir la ruta andando para llegar hasta el objetivo de la ruta. Hacemos caso a la advertencia con acierto, pues la bajada se hacía complicada hasta andando. La senda desemboca en el cauce del río, en una explanada de piedra en la que el agua corre llenando los estanques que desde arriba observábamos.

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Muy tentados fuimos de pegarnos un baño en esas aguas, pero el tiempo exterior no terminaba de acompañar. Tras hacer alguna foto por la zona, nos dirigimos al punto donde se encuentra El Coño del Mundo, del que se cuenta que fue el lugar donde nació el mundo. El lugar la verdad es que no tiene desperdicio.

Disfrutamos del lugar sin reparar en el tiempo. En sitios como este parece que el tiempo se detiene y el murmullo del agua te hipnotiza. Quieres sacar una foto que plasme lo mágico del lugar, pero no hay forma. Difícil de describir si no estás allí. Tras más de media hora disfrutando de la calma del lugar, decidimos ir en busca de nuestras compañeras, comer algo y continuar con la ruta. Volvemos sobre nuestros pasos durante unos 500 m. y continuamos la ruta de vuelta hacia Boltaña, descendiendo a lo largo del Valle de Sieste.

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Tras una pequeña subida, comienza la segunda bajada más larga de la ruta que desemboca en el propio río y que obliga a cruzarlo por una zona de pozas muy bonita también. En adelante, la senda es un continuo sube baja bastante entretenido que no deja tiempo de descanso, tanto en los tramos de subida como de bajada. El valle nos regala con un pinchazo en la rueda delantera, para que de nuevo podamos contemplar su grandeza y de paso descansar un poco.

Proseguimos por bonitos senderos hasta adentrarnos en un bosque, donde comienza la última bajada del día, que nos dejará a un kilómetro de Boltaña. Esta bajada es la más disfrutona, pues te permite dejar rodar más la bici y la estrechez del camino hace que la sensación de velocidad sea mayor. Pero hay de todo: curvas cerradas, pasos técnicos y zonas rápidas, todo ello dentro de un cerrado bosque. Indescriptible. La bajada se hace corta y termina muy rápido. Salimos a la carretera y nos dirigimos hacia Boltaña de nuevo.

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Al final casi 7 horas de aventura con pocos pero muy intensos kilómetros. Para ir sin prisa. La ruta es altamente recomendable pues presenta la mágica cifra de un 75% de senda. Si además, como en nuestro caso, no te encuentras a nadie en toda la ruta, llegas con la sensación de que has estado de aventura en una zona totalmente salvaje a muchos kilómetros de cualquier atisbo de civilización. Y la llegada al tranquilo pueblo de Boltaña, parece la entrada en una gran urbe después de la tranquilidad que hemos vivido durante todo el día.

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Como toda buena ruta que se precie, acabamos con unas jarritas que sientan la mar de bien.

Texto: Richie Hornero
Fotos: Julian Antón