Resumen IV Marcha Matagrama

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Después del diluvio, apareció el sol. Y todos los bikers, nerviosos por salir con sus bicis, deslizarse por las pistas, atravesar charcos y barro…En definitiva, montar en otoño. Olvidarnos del polvo, el sofocante calor y la ropa de corto, y empezar a montar con más fresco, más humedad y con ropa de abrigo.

Y con esas premisas, el domingo 30 de septiembre, temprano, nos fuimos a la localidad madrileña de Morata de Tajuña. Allí, nuestros amigos del C.C. Matagrama nos habían preparado una marcha con un recorrido muy completo. El día amaneció con ligera brisa, que no nos abandonó en toda la mañana, pero con mucha luz.

La salida era a las 9:00 h. Y desde las 8:00 h, empezaban a entregar dorsales en el Parque Juan de Ávalos (el escultor de los evangelistas del Valle de los Caídos). Un lugar con sombra perpetua, con unos pinos enormes, y donde se situaba la salida y la meta de la prueba.

En la zona del aparcamiento de la piscina municipal, estaban instaladas las carpas de los dorsales, las carpas de HAROBIKE –que se ocupaba de la asistencia técnica– y la zona donde íbamos a recibir el avituallamiento líquido y sólido, una vez terminada la prueba.

Cuando llegaron las motos, que nos abrirían el camino, iniciamos la marcha pasando por las calles del pueblo. En cuanto abandonamos el asfalto y pisamos la tierra de las pistas, percibimos que el terreno aún estaba duro a pesar del agua recibida en los últimos días.
Enseguida, se puso un buen ritmo y en las primeras pequeñas dificultades ya se formó un bloque cabecero de unas treinta unidades, que en la primera rampa dura se fraccionó en un grupo de dos, otro de seis, otro de siete (donde me encontraba yo) y el resto.
A mí –que salí abrigado– empezaba a sobrarme ropa y me abrí cremalleras para refrigerarme. El sol calentaba ya con algo más de fuerza y todos nos animamos a dar pedales con más vigor.

Las motos iban indicando el camino. Los cruces estaban bien señalizados, con placas y flechas pintadas en las piedras; otras zonas, con cinta de baliza… Todo esto nos hacía pensar que ninguno podíamos despistarnos y equivocarnos de camino. Pero, a pesar del esfuerzo de la organización por repasar todas las indicaciones, siempre hay a alguien a quien le molestan unas señales en mitad del campo y decide eliminarlas, sin más. Pues, eso fue lo que sucedió –asombrosamente, vimos cómo las quitaba–.
Una lástima que boicoteen el trabajo que con tanta dedicación y esfuerzo realiza la organización.

Pero, por fortuna, sólo se despistó mi grupo y algunos participantes más, que nos seguían de cerca. Enseguida, vino una de las motos de la organización y nos rescató para poder hacer la marcha por el camino previsto.

Y en cuanto nos incorporamos a la ruta, el momento de más barro. Había que atravesar un olivar, que, aunque lo flanquearas por el lado que fuera, te hacía salir de barro hasta arriba. Algunos apostaron por bajarse y atravesarlo a pie, pero yo intenté hacerlo montado y lo logré. Claro, con una carga de barro soberbia en las ruedas y en la bici.
Una vez atravesado el olivar, afrontamos la subida más empinada del recorrido –estrecha y preciosa– y enseguida llegamos al avituallamiento.
Bien organizado, con abundante agua y fruta –más sano que todos los alimentos preparados que a veces tomamos–. Plátanos, para reponer potasio e hidratos de carbono, y melón para refrescar.

Allí, cada uno paró lo que estimó oportuno. Algunos iniciaron enseguida la ruta. Mientras otros hicieron tiempo esperando a los compañeros más rezagados.

Después del avituallamiento, se volvía a la ruta en grupos más reducidos. La parte más dura de la marcha ya estaba hecha y quedaba regresar a Morata, realizando la parte más técnica.
Y así fue, la organización tenía previstos dos caminos para regresar: el sencillo y el técnico  –que fue el que elegí–.
Agradable y sorprendente la ruta elegida. Dos bajadas de infarto –prácticamente verticales– y una subida para echar el pie a tierra.

Tras salvar esas dificultades, ya adivinabas la cercanía del pueblo. Y en cuanto cruzamos la carretera, a subir la colina para bordearla y entrar bajando a la meta entre los pinos y sus sombras.

Recorrido muy agradable, duro si te aplicas, pero divertido.

A veces, nos empeñamos en ir a la Sierra para encontrar dificultades en el terreno y os aseguro que en esta marcha no faltó de nada. Y siempre podemos tener una meteorología más agradable, sobre todo para las fechas próximas.

En definitiva, una jornada de domingo agradable, bien acompañado y conociendo zonas nuevas para rodar y rodar. Tan cerca de la gran urbe y tan desconocidas para muchos.
Muy recomendable degustar las palmeras de chocolate, tradicionales de Morata de Tajuña. Sencillamente deliciosas.

Agradecer a todas las administraciones implicadas por facilitar y colaborar en la celebración de la prueba.

Felicidades y enhorabuena a Miguel, César y a todo su equipo por su dedicación, preocupación, trabajo y esfuerzo por sacar adelante la prueba con pocos recursos económicos y con las dificultades que ello conlleva. Y gracias por la forma en que nos atendieron a todos y cada uno de los participantes.

Si podéis, el año que viene no dejéis de ir. Es una marcha para disfrutar.
Nos vemos por los caminos.