I Maratón de la matanza – Valdemanco

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Hielo y frío en la primera prueba que organizaba el C.D.E. Emedoce. Un peligroso manto de hielo y nieve cubría los caminos de los alrededores de Valdemanco, pero, os podéis imaginar, que eso no iba ser impedimento para que saliéramos a disfrutar de nuestras bicis, de la ruta y del entorno.

Enormes lanchas de granito, jaras y retamas, vías de tren y canteras, sendas y veredas, arroyos y dehesas… Circuito muy elaborado y técnico. Asequible, teniendo una buena condición física, y, sobre todo, estando concentrado en salvar todos los obstáculos naturales con la dificultad añadida del resbaladizo hielo.

Muchas veces, percibes desde los primeros intercambios de mensajes y conversaciones que estás tratando con gente con enormes ilusiones, ganas de agradar y de hacerlo muy bien. Y ésa fue la sensación que tuve cuando contacté con los organizadores de esta prueba. Nuevos en estas lides, pero rodeados de un espíritu envidiable. A pesar de las dificultades y quebraderos de cabeza, han sido capaces de sacar adelante una prueba con un recorrido divertido e intenso, en un paraje de la sierra madrileña tan bonito como desconocido.

Valdemanco es un pueblo de la sierra madrileña entre La Cabrera y Bustarviejo, con poca población, pero muy dispuesta y hospitalaria. Y lo digo porque mi madre es de Bustarviejo, y siempre he admirado el poder de convocatoria, de unión y disposición que existe en el pueblo. Ocupa un pequeño valle entre los picos del colosal macizo de granito del Mondalindo y el tan conocido por los escaladores Pico de la Miel.

En la noche previa, mientras preparaba la bolsa y los trastos, oía el fuerte viento y pensaba: ¡Vaya día que se va a poner para montar en bici! Al amanecer, mucha pereza y, al menos en Madrid, pintaba feo, pero para vencer esas dudas que siempre pueden surgir, lo mejor es quedar con alguien animoso y que sabes que no se va a amilanar por las inclemencias del tiempo. Y ése es mi compañero y escolta José Manuel Cuenca. Puntual como siempre, ya estaba en el punto de encuentro dispuesto para enfrentarnos a una nueva ruta.

Por el camino, ya veíamos el Mondalindo blanquecino, e intuíamos que íbamos a pasar mucho frío, pero lo inesperado fue la capa de hielo que encontramos en el párking del polideportivo donde teníamos que recoger los dorsales. Domingo, 13 de enero, a las 10:30 h. Ésa era la hora de la salida, pero siempre procuramos llegar con una hora de antelación para recoger los dorsales con tranquilidad, preparar las bicis y terminar de ultimar todos los detalles. Buscamos a Fernando y a Santos, del club Emedoce, y les consultamos cómo estaban los caminos por donde iba a transcurrir la prueba.

Andaban preocupados por el hielo y el cambio meteorológico experimentado. Los bikers nos fuimos reuniendo en la plaza del pueblo para tomar la salida, con algo de retraso sobre el horario previsto. Tras unas palabras de Fernando solicitando máxima prudencia y precaución; bocinazo y a montar. Transitando por el casco urbano, surgieron las primeras caídas y, en cuanto el camino se empinaba para coger la pista del Medio Celemín, muchas más. Todos, íbamos midiendo nuestras pedaladas y haciendo raros equilibrios para mantenernos sobre las bicicletas. Y en alguna zona concreta, descabalgar y hacerlo a pie. Imposible pasar dando pedales.

La inclinada pendiente y la capa de hielo nos impedían mantener el equilibrio. En cuanto coronamos, giro a la derecha y bajada por un sendero entre rocas de granito, jaras y retamas. Y el manto de hielo, que a medida que fuimos bajando por Las Pedrizas, fue desapareciendo. Conectamos de nuevo con el casco urbano y por el Arroyo del Manquillo y, por un pequeño túnel, cruzamos la carretera de entrada al pueblo.

Piedras y un barranco asistido por el mismo Fernando, dirigiendo y aconsejando a los participantes por dónde sortearlo mejor. ¡Y cómo se portó la Orbea Alma 29’’! Cada día que salgo con ella, tengo más claro que es un acierto ir con ruedas de 29’’. Pasamos el hielo de manera solvente, y los pedruscos y el barranco, también. Enseguida, aparecimos de frente a las vías de la línea férrea (ahora abandonada) Madrid-Burgos. Paralelos a ellas y por pista, llegamos a un puente para cruzarlas y enfrentarnos al Lanchar de Pajarito.

Una mole de granito empinada que, con el hielo que aún quedaba, al menos a mí, me hizo darme un primer revolcón importante. Así que, nos tocó subirlo a pie y con cuidado de no volver a resbalar. Por La Pesquera, nos dirigimos de nuevo a las vías del tren, volvimos a cruzarlas y fuimos hacia las canteras de granito. Habíamos bajado ya algunos metros y el hielo daba paso a relativa humedad en el camino, y las jaras desaparecían en favor de algunos robles con sus hojas secas y viejas encinas.

En continua y ligera bajada, atravesamos un par de arroyos y pasamos por la Urbanización del Tomillar para dirigirnos hacia el avituallamiento de Cabanillas de la Sierra. Cruzamos la antigua NI por el paso elevado y en la entrada nos esperaban las carpas con las típicas bebidas isotónicas y barritas energéticas, además de caldo y montados de cinta de lomo y de beicon, que yo agradecí enormemente.

Sabrosos los montados y reconfortante el caldo caliente. Una vez repuestos, nos dejamos caer hasta los pilares de la nueva A1 e iniciamos la ascensión al Alto de Redueña. En continuo ascenso, atravesamos de nuevo la antigua NI y, por el Camino de los Toros (Cabanillas tiene dehesas con toros bravos, donde mi amigo Roberto se para a comer su barrita mientras ve pastar a las reses), subimos al Lanchar de la Condesa. De nuevo, granito y más granito, entre veredas de jara y retama.

Cada vez, empecé a sentirme más solo. La acumulación de los kilómetros recorridos, el fuerte viento de cara y los pocos copos de nieve que empezaban a caer, hacían que fuéramos más desperdigados y costara ver a los ciclistas que te precedían o los que te seguían. Se empezaba a adivinar el casco urbano y, atravesando la carretera que une Valdemanco con Cabanillas, subimos por La Somailla a la Fuente Potable y por un pequeño túnel por debajo del trazado férreo, ascendimos por Las Pocitas hasta el pueblo.

Último esfuerzo para nuestras doloridas piernas. Era nuestra primera prueba del año y aún estamos en proceso de rodaje. Entrada triunfal en la Plaza del Ayuntamiento y refrescos para reponernos. Enseguida, la gente de la organización nos preguntó por nuestra opinión sobre la marcha, el recorrido y el circuito; y tengo que decir que es de las pruebas mejor señalizadas y con un enorme trabajo detrás de planificación y ejecución.

Marcela, en su Bar La Alegría, servía unas patatas con carne que todos degustamos muy calientes y, mientras llegaban los más rezagados de los participantes, sorteos de regalos y entrega de los premios, en este caso, embutidos de cerdo. En definitiva, una ruta agradable de realizar, con relativa dificultad técnica y física. En cuanto a la organización, excelente. El recorrido, bien señalizado con placas y cinta de balizar.

El pueblo y los voluntarios de Protección Civil, volcados con la prueba. Los integrantes del Motoclub, guiando la prueba y señalizando los cruces. La Guardia Civil, atendiendo el corte de la carretera. Y un buen número de voluntarios que amablemente nos ayudaron a pasar una agradable mañana de MTB. Agradecer a todos los patrocinadores de la prueba su colaboración; al Exmo. Ayuntamiento de Valdemanco, su implicación. Y, por supuesto, a todos los socios integrantes del C.D.E. Emedoce que han trabajado antes, durante y después del maratón, en especial a Fernando, a Santos y a Miguel. Chicos, no dejéis de hacerlo tan bien. Gente como vosotros son los que deben encargarse de organizar pruebas de este tipo. Muchas gracias, de veras. Anotad esta prueba en vuestro calendario, no podéis faltar en la próxima edición que, esperemos, sea la continuación de un evento que se pueda convertir en un clásico. Nos vemos por los caminos.