El sentido de la vida

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Llevo ya como cosa de un año en el que apenas monto. Sí, en cuestión de un par de meses vendí mis dos bicis, empaqueté mis bártulos y hasta hoy. Muy ocasionalmente le pido prestada una de sus bicis a mi hermano, salgo un par de horas a rodar al amanecer en plan tranquilo y vuelvo a casa. Nada que ver con mis días de freeride en los bikeparks o mis rutas de sol a sol por los Pirineos, los Picos de Europa o por la Sierra Norte de Madrid (no la de Guadarrama, algo masificada para un tipo algo huraño como yo). En el último año me he limitado a currar de sol a sol, caminar por el campo en plan dominguero (así, os lo digo sin rodeos) y a hacer algo de kayak, poco más. También a intentar mejorar mi maltrecha rodilla izquierda que, aunque de momento no tiene cura, no pierdo la esperanza de que mejore y me permita sino a volver a hacer lo de antes por lo menos a intentarlo. De momento la sanidad privada me ha desplumado y los resultados son escasos. En cualquier caso, supongo que mi situación es la de muchos deportistas aficionados pero con un nivel alto: todo marcha y la vida tiene sentido hasta que una lesión se cruza en tu camino, entonces tienes que empezar a ver las cosas de otra manera y a intentarlo todo, a la búsqueda de esa solución que resuelva el problema. Es un camino duro y largo, pero que hay que aceptarlo como viene. La vida es eso: ella toma decisiones mientras tú haces planes.

En este último año me ha empezado a preocupar otra cosa, además. ¿Y si no practicar deporte casi a diario me hiciera envejecer más rápidamente? ¿Y si en mi aspecto físico se empezara a notar que ya no soy un ciclista de monte casi a tiempo completo? Aún peor: ¿y si empiezo a tener el aspecto que le corresponde a un tipo treintañero, como yo? Cada mañana me inspecciono en el espejo, a la búsqueda de esas señales indicativas de mi nueva vida semisedentaria ¿tengo ojeras? ¿me ha salido barriga? ¿mi mirada triste delata que llevo una vida de oficinista corriente? Es un sinvivir. Pero un día encontré la clave en un libro: Sí, sin duda el no montar en bici me pasará factura. No solo la vida no tiene sentido sin una bici entre las piernas, sino que además acelerará la decadencia propia de la mediana edad. La respuesta la encontré en un libro que ya de paso os recomiendo, se trata de «Nacidos para correr», de  Christopher McDougall. No habla de bicis de monte, pero casi. En cualquier caso, en un momento determinado del libro el autor cita al norteamericano Jack Kirk, un corredor de carreras de montaña que al parecer fue célebre por competir hasta los 96 años, y que dijo en una ocasión: «Uno no deja de correr porque se hace viejo, uno se hace viejo porque deja de correr». Pues eso.