Crónica Eusko Bike Challenge 2.5 2018

55

Tras un duro invierno y una primavera terrible, el pasado 9 de junio las tormentas decidieron darnos un respiro y se nos abrió una pequeña ventana para poder enfrentarnos a la Eusko Bike Challenge 2.5 2018.

De las 7 ediciones que lleva celebrándose esta exigente prueba, he tomado parte en 6, por lo que este año me lo he querido tomar de una manera diferente, tratando de olvidarme del crono y disfrutando más del entorno y el ambiente.

Los participantes de la EBC4.0 salieron a las 7:30am y los de la EBC2.5 lo hicimos 2 horas después, algo de agradecer, ya que de lunes a viernes ya madrugamos bastante.
Al ir con el único objetivo de disfrutar del monte y sin ninguna intención competitiva me coloqué en la cola de la gran masa de bikers, con la intención de no estorbar a nadie, ya que la gente suele tener un ansia desmedida en las salidas, aunque luego no lleguen al kilómetro 40.

No habíamos hecho 300 metros, cuando un chaval se cayó al suelo en la misma carretera y, hasta que no conseguí llegar yo hasta él, ¡Nadie se paró a ayudarle! Sinceramente me pareció una situación muy triste y que nos debería llevar a una seria reflexión sobre los valores personales que llevamos y transmitimos en este tipo de pruebas.
Una vez estuvo atendido, cogí la bici y me uní nuevamente a la marea de bikers que se enfrentaba al primer gran reto del día: El Yoar.

Acostumbrado a la Eusko Bike larga, el año pasado cometí el error de emocionarme y subirlo demasiado rápido, así que este año me lo tomé con calma, al igual que el cresterío y el posterior descenso, disfrutando de las formidables vistas aéreas que nos brinda el cordal.

El siempre complicado descenso del Monte Yoar por el GR, se vio esta vez empeorado por la cantidad de agua caída durante la noche anterior, volviendo el terreno más inestable y resbaladizo de lo normal.

Cruzar el puesto de control apostado a la entrada de Santa Cruz de Campezo me costó 2h35m y, pese a ir dentro de tiempo, iba bastante a la cola, así que decidí apretar un poquito más y recuperar en el llano parte del tiempo perdido en el primer tercio.
El tramo que llega a Antoñana sufrió una modificación poco significativa respecto a otros años, situando el avituallamiento al otro lado de la carretera, junto al museo del “trenico”.
En ese preciso momento, las lluvias se acercaron para refrescarnos un poco y evitar que nos “aburguesáramos” demasiado en el bien surtido puesto. Me puse el chubasquero y aproveché los kilómetros de falso llano que teníamos por delante para imprimir algo de presión a las bielas.

Es curioso como cada zona geográfica configura un tipo diferente de biker. Mientras que los Bizkainos o Gipuzkoanos son más explosivos, destacando en las subidas o descensos técnicos, los alaveses nos defendemos mejor en el llano y las subidas tendidas, así que cada uno debe aprovechar sus mejores cualidades y conocer sus armas.
Después del túnel de Cicujano abandonamos la cómoda pista del Vasco-Navarro y nos enfrentamos a las palas verticales, rotas y con bastante barro dan acceso hasta la cima “Peñalascinco”.

A la prueba acudí con una sobrecarga de rodilla, lo que se traducía en un calambrazo a cada pedalada, así que no tuve ningún reparo en hacer andando los tramos más exigentes de esa subida. Hay que saber elegir las batallas y puesto que ya no llovía aproveché para quitarme el chubasquero, ya que me estaba cociendo en mi jugo.
Cuando hice cumbre no perdí la oportunidad de hacer un poco el tonto con la campana que hay allí y toqué diana para todos los vecinos y vecinas del valle. Me imagino que no sería el único que lo hizo…pero es que es difícil resistir la tentación.
Iba ciclando solo pero poco a poco y de forma natural, me acoplé a una grupeta de Bermeo, que acudían por primera vez a la llamada del Infierno Marojo y acabé haciéndoles de rutómetro y guía.

Sin mucha prisa pero con un buen ambiente llegamos al avituallamiento y punto de corte situado en Santa Teodosia.
Estuve charlando con un participante y coincidimos en la terrible decepción que teníamos con la cantidad de basura que nos habíamos encontrado durante todo el trayecto.
¿Nos regalan el ciclar por un entorno natural impresionante y respondemos tirando basura? El día que se prohíban estas pruebas, recordaremos estos hechos incívicos y nos llevaremos las manos a la cabeza.

Subimos la muela, cruzamos el cordal y siguiendo con la filosofía con la que me había levantado ese día, paramos en el buzón y punto geodésico que hay antes de volver a bajar al llano; Sacamos fotos, disfrutamos de las vistas, compartimos algunas batallitas y nos lanzamos por el despeñaperros que hay para llegar a Ullibarri-Arana y Alda.
Jon Ander, uno de los Bermeanos, iba tocadillo del estómago y estuvo valorando el retirarse, pero ya nos encontrábamos en el Puerto San Juan y conseguimos convencerle para que siguiese.

El dolor de rodilla se había vuelto insoportable, así que los últimos 200 metros del palón de cemento, tuve que hacerlos caminando…madre mía que cascado estoy….jajaja.
Sabiendo que ya quedaba poco y con muchas ganas de descenso, nos emocionamos demasiado con la bajada que viene a continuación y Jon Ander, algo más recuperado del estómago, acabó destalonando.

Con un inflador de CO2 volvimos a llevarla a su sitio, pero un poco más adelante se le volvió a salir, sufriendo una aparatosa caída.
Por suerte yo iba detrás y, además de grabar la caída, pude echarle una mano. El problema es que éramos incapaces de soltar la válvula para meter una cámara y Gorka, el mecánico del grupo, había seguido hacia adelante como un cohete, sin percatarse de nada.
Fue curiosa la situación, Jon Ander se quedó sin batería en el teléfono y le presté el mío para que pudiera llamar a su mujer y a su vez, ésta llamase a Gorka para decirle donde estábamos y lo que le había ocurrido.
Todos los participantes que pasaban por allí, trataron de echar una mano y acabamos montamos una buena cuadrilla frente al contratiempo.

El tiempo amenazaba tormenta, pero tuvimos suerte y el viento la acabó desviando hacia el macizo montañoso que teníamos al lado.
Gorka y Raúl, los compañeros de Jon Ander ya se encontraban con nosotros y después de mucho trastear, consiguieron soltar el obús y con la rueda ya reparada apretamos el culillo, imprimimos tensión a la cadena y al más puro estilo “machaca bielas” nos pusimos en formación, alcanzando a un grupo que nos había adelantado durante el incidente.
No voy a poner el tiempo que tardamos en cruzar el arco de salida ya que fue ridículo y tampoco era el objetivo del día, de hecho creo que entré el último o penúltimo, pero sí quiero decir que pocas veces he terminado la EBC tan “lleno” de valores, compañerismo y amistad, como en esta ocasión.


Este año la EBC4.0 ha sufrido una remodelación del recorrido y por lo que he podido saber, a través de compañeros míos que la han hecho, ha debido ser todo un acierto ya que ha obtenido muy buenas críticas.

Si las lesiones me lo permiten el próximo año, allí estaré para documentar la fantástica aventura que supone la Eusko Bike Challenge!